"Solo de orquesta": elegía para quienes debieron nacer y vivir no en este mundo
Sergio Mansilla Torres
Me ha pedido mi amigo y colega, novelista, músico y poeta, Enrique Valdés decir algunas palabras sobre su novela Solo de orquesta como parte del rito de, digamos, presentarla en sociedad, rito que no es sino la ceremonia por la cual un libro sale al mundo a buscar los lectores que éste justamente se merece. Gustoso he aceptado hablar -con algo de cordura, espero- de su novela y de la época de la cual la novela llega a ser documento escrito por un testigo de cargo: su autor. Hablamos del segundo lustro de los años 70 y de la década del 80 del siglo pasado, en Chile, en Santiago de Chile para ser más exactos; oscuros años que no fueron precisamente fiesta para la inteligencia ni para la belleza; años que, por otro lado, marcan el fin de toda una época de grandes expectativas revolucionarias cuyo inicio, a mi entender, habría que rastrearlo en los años 30, sobre todo a partir del triunfo del Frente Popular en 1938. Es el fin de la historia; el fin de una historia, en realidad, a la que unos asisten gozosos celebrando el advenimiento de la nueva y “moderna” sociedad de mercado liberalizado a ultranza, mientras otros responden con una decadencia programadamente autodestructiva, viviendo una especie de tragedia griega que toma por momentos la forma de un “poema muriente” (tomo el adjetivo de Enrique Lihn) o de una “sinfonía muriente” que registran, en última instancia y como en un estertor, el fracaso de quienes sienten que debieron nacer en otro mundo y no en éste.
Solo de orquesta es el título simbólico de una novela resiste más de una lectura. Una de las interpretaciones que me seduce es aquélla en la cual imagino una orquesta sola en medio de la nada tocando para nadie; siendo los propios músicos, y la música que ellos producen, vagos fantasmas en un país pesadillesco, huéspedes ebrios que simulan sobriedad en una casa prestada, que existen sólo para sí mismos enfrentados a sus propias miserias hábilmente disimuladas por los rígidos protocolos de cada presentación en público. Un “solo de orquesta” que sería, en verdad, una orquesta sola en los desolados territorios de una historia sociopolítica hecha contra los derechos humanos, territorios en los que el arte y la literatura han sido desterrados porque ya no tienen lugar de honor en el nuevo mundo vertiginoso que se está construyendo a fuerza de violencia y represión. La novela está poblada de artistas enfrentados a un dilema desgarrante: o son como Mefisto, el protagonista de un film homónimo, quien decide colaborar con el régimen nazi movido por el convencimiento -equivocado a la luz de los hechos posteriores- de que sería posible aprovechar los espacios cedidos por el régimen para continuar con su arte el que, presumiblemente, tendría una naturaleza ajena a toda política contingente. La otra opción es ser como Jorge Teillier (transmutado en la novela de Valdés en la figura del poeta Martín Cantero) o como Rolando Cárdenas (simplemente Rolando en la novela), fieles a un rechazo radical no sólo al poder político contingente sino a la modernidad toda y a sus efectos de fetichización mercantil sobre los cuerpos y sobre las almas, modernidad que nos mantiene desterrados de nuestro verdadero ser ahora inalcanzable, irrecuperable, entrevisto apenas en las líneas de un buen poema, en un vaso de vino tinto, o en la amistad sin dobleces de los amigos que no piden sino más amistad. Y ante esto, eligen la autodestrucción, como si sus vidas fueran desde la partida poemas mal escritos que para corregirlos requieren ser borrados palabra a palabra hasta hacer emerger la nada que yace en cada uno de nosotros.
Si Mefisto y Rolando terminan ambos derrotados, al menos el segundo no tendrá que dar explicaciones por lo que hizo o dejó de hacer: su extrema lucidez no le dejó otro camino que no sea el de escribir y morir desde antes de morir para que la lenta borradura de la escritura sea el más punzante testimonio de la inquebrantable convicción de que toda esperanza, cuando se vive en circunstancias de opresión sistémica, se vuelve una forma de colaborar con los opresores y de traicionar aquello mismo que se ama.
Pero también me seduce interpretar Solo de orquesta como una suerte de reescritura del cuento “El rey burgués” de Rubén Darío. Imagino una orquesta sola tocando ante un público que, aunque está presencialmente ahí, no tienen el menor interés por lo que oye (si es que oye), salvo completar el paisaje del poder absoluto con un presunto acto cultural destinado, pomposamente, cultivar el espíritu. Tchaikowsky y Mozart tocados en vivo para los dictadores, por músicos que gustosos cambiarían aquel espectáculo deprimente a cargo de ellos mismos por una copa de vino en el bar La Unión Chica, en un ambiente enrarecido, sin luz natural, lleno de humo, igualmente deprimente, pero al menos estarán con los amigos que comparten el destino común de ser leales a la nostalgia hasta el final. Desgraciadamente el poder del Rey burgués es demasiado omnímodo, de modo que por necesidad de unos, por pusilanimidad de otros, por lealtad quizás desmedida al arte de unos cuantos, por el orgullo irracional de otros, en fin, por las razones que sean, los ensayos y los conciertos se repitieron una y otra vez ante los más extraños públicos en los más extraños lugares; conciertos que, en rigor, eran verdaderas sesiones de tortura psicológica matizadas con sones de música docta. El poeta, cual zombie ya sin voluntad, toca y toca su caja de música mientras el Rey celebra sus banquetes pantagruélicos en los más espléndidos comedores de un palacio lleno de lacayos, verdugos y cortesanas. Hasta que un día, en medio del frío, de la indiferencia de casi todos, del olvido de los más, el poeta se queda dormido para no volver a despertar.
Como Rolando Cárdenas, a quien, dicho sea de paso, Jaime Quezada cariñosamente solía llamar el “Imbunche Cárdenas”. Rolando aparece en la novela como una de las figuras emblemáticas de la Unión Chica, siempre correcto, cuidadosamente encorbatado, viviendo la ensoñación de las tierras de sus niñeces a las que no volverá ya nunca (debo decir que se me confunde el Rolando de la novela con el Rolando que conocí precisamente en la Unión Chica a inicios de los años 80). Rolando, a mi parecer, es uno de los personajes mejor logrados de la novela, junto con Martín Cantero, doble de Jorge Teillier. En ellos se sintetiza el descrédito de los proyectos humanos en un mundo “hecho a la mala”, como diría el buen César Vallejo; descrédito del que se salvan la música y la poesía pero al precio de la vida misma que se cambia por esa decadencia suicida y anómica que acontece en la Unión Chica y otros bares de la República, lo que delata, una vez más, la presencia de una historia sin salida y que nos mortifica.
Solo de orquesta igualmente puede ser leída como novela que corre el velo de las apariencias para dejar al desnudo las miserias de un grupo de músicos y de poetas (y de amigos que sin ser ni lo uno ni lo otro viven como si fueran lo uno y/o o lo otro). La orquesta, coordinada -en apariencia al menos- con cuidada perfección, sabiamente dirigida por el maestro, ensayando en el teatro de la Escuela Militar, ofreciendo concierto a militares que retribuyen los “servicios musicales” entonando a los músicos el himno de su regimiento, tocando en gimnasios miserables para llevar “cultura” a la gente; en fin, una orquesta cuya “perfecta” armonía, seriedad y coordinación en el escenario vale como metonimia de un país patas arriba que oculta sus monstruosidades bajo la tersa superficie de un orden de terror, dirigido por el Gran Director de Orquesta a quien le gustaría que todos, absolutamente todos, interpretaran sólo la partitura que les corresponde, que tocaran sólo el instrumento que han elegido o que les ha sido dado, sin salirse un ápice de la Gran Sinfonía: [...] “es un grupo aparentemente homogéneo de músicos conducidos por un director, los que inundaban de sonidos el teatro. Todo parecía tan fácil, tan exento de esfuerzo y sacrificio. Pero no era ésa la verdad. Eso era también parte del juego de apariencias y necesidades donde transcurría la música”. (p. 98).
La novela indaga, precisamente, en ese soterrado conflicto político-moral vivido por los músicos y que es el sino del arte en dictadura: interpretar correctamente a Mozart o a Bethowen es, sin duda, rendir un homenaje a la memoria de estos compositores y, de paso, aportar un granito de arena a la perfectibilidad humana por la música y un homenaje a la música misma, desde luego. Pero cuando si se toca a Mozart o a Wagner en un campo de concentración para deleite de los carceleros, la interpretación perfecta y depurada de la música deviene homenaje a dichos carceleros, apoyo indirecto a la barbarie de la que ellos son sus agentes. ¿Qué hacer entonces? ¿Romper con la música? ¿Romper con los carceleros? Y si se rompe con los carceleros, ¿habrá valor para pagar el precio del castigo? ¿O aferrarse a la idea de que, en definitiva, el arte está primero y los artistas se deben al arte por sobre todo? ¿Avalarán entonces la barbarie a la que odian con todo su ser?
Los poetas borrachines de la Unión Chica, en cambio, no tenían que leerles poemas a ningún carcelero. Eligieron vivir y morir en su ley, pobres, miserables, como Rolando que de hambre se comía cruda la carne molida de los gatos. Construyeron, a su manera, un espacio de libertad, de solidaridad y de belleza, ellos “los gaznápiros, los aturdidos, los ciegos vagabundos de la nada”, según reza un verso del poema “Nueva York 11” de Jorge Teillier, poema transcrito como epígrafe de la novela. Los músicos de la Orquesta Sinfónica de Chile no pudieron, no supieron, no quisieron ser los vagabundos de la nada. Y he aquí, pues, la tragedia: tocar para el régimen y sobrevivir a pesar de todo por amor a la música y por hacer que la gran música sobreviva al oscurantismo galopante, aunque sea en los regimientos, o morir lentamente ahogado en alcohol y en la nostalgia del país de nunca jamás hasta que el último verso de ese mal poema que es la vida se borre para siempre.
Quisiera, ya para terminar este comentario, emitir una opinión valorativa sobre la novela, desde mi perspectiva de lector común y corriente. A mi entender, uno de los aspectos débiles de la novela es que cuando la narración asume el tono de novela histórica que trata de dibujar un fresco de época, vale decir, cuando se vuelve retrato de la contingencia política inmediata, no traspasa los límites de una crónica más o menos fragmentaria y redundantemente descalificatoria del gobierno de entonces, acumulando adjetivos que se sobreimponen a la narración misma. Los episodios ocurridos en Cantalao, algún pueblo perdido en un sur novelesco, en mi opinión tienen sentido sólo si uno conoce la historia personal de su autor (digamos, al pasar, que la novela es también una autobiografía ficcionalizada del autor, aspecto que deliberadamente he omitido en este comentario), pero no me resultan convincentes si uno se atiene a las expectativas narrativas que genera la novela ya a poco andar. Como mal lector de novelas que soy (lo confieso sin vergüenza alguna), me hubiera gustado el relato puro, desnudo de la historia de Matías Claudio y sus amigos, sin cartas al presidente, como ese magnífico episodio en que a Matías Claudio sus amigos de la Unión Chica tienen que prestarle la ropa para presentarse a tocar en el concierto, luego de que Matías se pasara la tarde bebiendo y conversando con los suyos, posponiendo para siempre el retorno a casa a buscar la ropa formal adecuada. Así como este episodio, hay, por cierto, muchos otros de extraordinaria factura narrativa. Debo ser, sin embargo, muy claro: más allá del hecho de que desde mi personal perspectiva piense que la novela tiene aspectos que juzgo débiles, creo que Solo de orquesta es un notable homenaje a los músicos y a lo poetas, una apología del arte en tiempos en que el arte es pisoteado por esbirros despreciables, y, sobre todo, un relato descarnado de las pequeñas grandezas y miserias cotidianas de quienes, para el bien de muchos y tal vez para desgracia de ellos mismos, les ha sido dado vivir (y morir también) para producir belleza con los sonidos o con las palabras, o sea, para escribir composiciones para una sola voz o un solo instrumento: la voz de la libertad o el instrumento de la memoria de lo que aconteció contra la libertad.
Osorno, julio de 2002
(Texto leído con motivo de la presentación de la novela “Solo de orquesta” (Concepción, LAR, 2002), de Enrique Valdés, escritor y músico, profesor de literatura de la Universidad de Los Lagos, Osorno, Chile. La presentación se realizó el 3 de julio de 2002, en Centro Cultural de Osorno.Contacto con el autor de la novela: evaldes@ulagos.cl ).