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1 de septiembre de 2011
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Ensayos
Carta de Santa a don Federico Gamboa, su autor
Sergio Mansilla Torres

Una aclaración necesaria

Santa es una de las más importantes novelas de la tradición novelística mexicana. Publicada en 1900, es un relato paradigmático del naturalismo al uso de Zola mezclado con un imaginario folletinesco que recuerda a Eugenio Sue. La novela puede leerse casi como alegoría de la modernidad incipiente y sus efectos morales desastrosos en el tejido social. Anderson Imbert dice de Gamboa: “En Santa (1903) logró un mayor equilibrio entre su naturalismo, su erotismo y su costumbrismo. ¿Es Santa, la prostituta, una prima literaria de Naná de Zola o de la Elisa de los Goncourt? Gamboa fue recobrando su fe católica [...] y se hizo reaccionario” (Historia de la literatura hispanoamericana, México: Fondo de Cultura Económica, 1977, V.1 , p. 372). Para efectos de cotejar, por nuestra parte, algunas referencias que Santa, el personaje, hace de su propia vida, hemos usado la edición de la novela Santa de Grijalbo, 1979, hecha en México.

Motivado por la lectura de Santa de Federico Gamboa y puesto ante la necesidad de escribir un trabajo crítico sobre la novela para los fines propios de la academia universitaria (esos mismos oscuros fines de la Esfinge cuando ponía a prueba a los caminantes); pero, sobre todo, puesto ante mi incapacidad para escribir algo que valiera medianamente la pena sobre uno de los autores más estudiados de las letras del continente, decidí acudir a la propia protagonista, que en la novela toma el sobrenombre de Santa, para que contara su versión de los hechos. No es el caso explicar aquí cómo vine a dar con ella en México desde remoto sur chileno en el que vivo. “Aquí tengo algo que escribí hace años, una carta para don Federico -me dijo-. Quise alguna vez llevársela personalmente, pero no fue posible; ya se había muerto para entonces. Si le sirve, ahí le dejo estos papeles”.
Lo que el lector leerá a continuación, si le place, es la transcripción fiel de la carta que Santa, la protagonista de la novela, nunca envió a don Federico Gamboa, su autor.

(El lector, sin embargo, podrá darse cuenta, a leer la carta, que los verdaderos destinatarios de la misiva son los lectores de Santa. Federico Gamboa es un pretexto apenas para hablar de sí misma)


México, D.F. (sin fecha)
Sr. Federico Gamboa

De mi más alta consideración:

Después de leer con atención la historia de mi propia vida en la novela Santa, me ha parecido pertinente decir algunas palabras dirigida Ud. para, digamos, "defenderme" de mi propio creador en un acto que, supongo, ha de implicar alguna cierta restitución de alguna cierta dignidad o por lo menos una corrección de la historia y/o imagen que Ud., Sr. Gamboa, ha construido sobre mi persona y ha lanzado, con gran éxito según he sabido, a los ávidos lectores que se solazan, quieran o no lo quieran, en la recreación imaginaria de ese tortuoso territorio del vicio en el que me tocó vivir. ¿Defenderme? No sé si don Federico me ataca o no; creo que Ud. hace lo que puede con su catolicismo castizo y con su afiliación al naturalismo literario y al positivismo político y filosófico. En fin, don Federico, en el fondo quería Ud. salvar almas, y por eso es un mordaz crítico de las consecuencias del "progreso" en el que, paradójicamente, Ud. mismo creía y con ahínco defendía. Me hace morir en paz, espiritualmente redimida. Al final, un ciego infinitamente triste y enamorado reza el "Yo pecador" en un acto de contricción personal y colectiva: oración por todos, por la metrópolis viciosa que pasó por mi cama como una tormenta placentera y mortal.
He leído "Santa", y me reconozco y no me reconozco en su novela. Ahí estoy yo, esa jovencita que cierto día llega al prostíbulo de doña Pepa arrojada de una otrora idílica casa campestre donde vivía en simple y natural armonía con mi familia y con los animales domésticos. Según Ud., fui una especie de Eva paradisíaca que viví una deliciosa infancia que se prolongó hasta mi primera menstruación. ("¡Es que Dios te bendice y te hace mujer!", me dijo mi madre), momento en que me volví una potencial víctima de las tentaciones. Pero ya antes solía ir al Pedregal, esa zona de los suburbios del Paraíso donde el Demonio comienza a tener sus dominios: el árbol del bien y del mal, el espacio del conocimiento de la carne. Sr. Gamboa, usted me imagina con esa ideología católica suya que cree que la mujer es sustancialmente incapaz de resistir una tentación bien urdida (por eso la serpiente le habló a Eva y no a Adán en el Paraíso) y a la vez con una capacidad de seducción tal que, una vez caída en el pecado, los hombres también se pierden deslumbrados por la belleza "santa" de la impureza (ya se sabe que fue Eva quien convenció a Adán para que coma la otra mitad de la famosa manzana aquélla). O sea, un sujeto débil para resguardar su propia "pureza" pero fuerte a la hora de servir de instrumento del mal: la prostituta bella y joven (la anti Eva del anti Paraíso) funciona como una condición indispensable para la sobrevivencia del pecado y ella, en tanto se vende voluntariamente a la maquinaria del vicio, se vuelve serpiente de hombres cuyos instintos sexuales no controlan, salvo quienes, por la monstruosidad de su cuerpo, no pueden ejercer su sexualidad bestial sublimándola poco a poco en amor verdadero.
¡Ah mi estimado don Federico!, no crea que se lo reprocho; al fin y al cabo, el solo hecho de que haya contado mi historia es ya mucho. ¿Símbolo yo de cómo el "infierno" con cara de capitalismo industrial destruye la armonía paradisíaca presexual? Exagera usted: no hubo tal paraíso en Chimalistac; lo que hubo fue una familia de pobres diablos frustrados que internalizaron el fracaso a tal punto que se mimetizaron con las ovejas, incapaces de cualquier gesto que contravenga la moral de rebaño. Y si me fui al Pedregal con el Alférez fue porque sus palabras y sus caricias me fueron mostrando poco a poco cómo la asepsia sexual de mi hogar devenía una carencia fundamental para mi propia realización, tanto que semejante carencia se me volvió inmanejable. Que si me violó o no me violó Marcelino es algo que a estas alturas no tiene importancia: si fui conquistada fue porque me dejé conquistar ¡oh yo territorio virgen que ansiaba algo más que la "felicidad" edénica sin placer!; si me desfloró fue porque ayudé a cultivar la semilla del deseo en Marcelino. Quizás haya en mi "caída" una oscura reacción, que antes ni ahora alcanzo a comprender del todo, contra la ley de la sexualidad prohibida en la etapa prematrimonial, porque la ley misma me creaba esas compulsiones de deseo que, a su vez, constituían la prueba irrefutable de la incapacidad de mi "paraíso" para satisfacer las necesidades de una mujer que se hacía cuerpo sexualizado.
No anda usted descaminado, querido autor mío, al insinuar que si al momento de abandonar mi casa mis hermanos o mi madre me hubieran llamado habría vuelto. Pero no lo hicieron. Allá ellos. La expulsión de que fui objeto me arrojó a los brazos de Lucifer, el ángel más bello de todos los ángeles. No tuve valor para arrojarme al río de mi pueblo pero sí la "desvergüenza" de hacerlo en el río del vicio. ¿Desvergüenza? Para usted sigo siendo la pecadora que merece compasión dada la insensibilidad de los míos, la insensibilidad de una "metrópolis viciosa" que lo mercantiliza y hedoniza todo. Y la historia de mi vida es para usted la perfecta alegoría religioso-social acomodada a su ideología católico-naturalista. Sin embargo, no dice que mi "desvergüenza" bien pudo haber sido una rebelde pulsión autodestructiva generada por la ley misma de la prohibición que cerró todas las puertas a la autonomía de mi persona (volverme sirvienta hubiera significado aceptar sin más la moral del rebaño), salvo instalarme de lleno en la prohibición sabiendo que no hay salida posible. Lo que mi querido biógrafo ve como un problema sociomoral podría verse como un problema de poder: estrategia dentro del marco de las políticas cotidianas de la sobrevivencia y la muerte en un medio hipócrita que siempre desprecié pero que no podía ignorar porque era mi mundo.
Hay un problema moral ¡claro que lo hay! Las relaciones sociales están traspasadas por una nefasta ideología de mercantilización y sobreexplotación extremas lo que conduce a un rápido agotamiento de los recursos de la afectividad: los vínculos no son permanentes sino funcionales, fungibles en último término. Mi cuerpo fue una mercancía vendida una y otra vez hasta su agotamiento definitivo. El capital no perdona: lo que no se vende no sirve. Dirás, lector, ¿e Hipólito?, ¿no permaneció el fiel a ti hasta más allá de tu muerte? Sí, es verdad. Pero yo te diría, curioso e imaginativo lector, que Hipólito es la exacta criatura que don Federico necesitaba para completar su alegoría católico-naturalista: aun en lo más abyecto y feo existe algo bello y siempre existe al menos una ventanita por donde se puede colar la luz de una posible redención. En el fondo, usted don Federico, se complace con el vicio aunque lo denigre; se complace con mi cuerpo que muestra a retazos insinuando lo "prohibido", estableciendo usted mismo la ley con la que manipula el deseo de los lectores. En fin, mientras Hipólito exista puede dormir tranquilo, Sr. Gamboa: el vicio no es omnipotente después de todo; el bien, la belleza, la pureza sobreviven aun en el infierno. Todos los pecadores son susceptibles de salvarse si ellos se arrepienten o si otros se sacrifican y ruegan por los pecadores (como su novela misma que deviene ruego compasivo). La ceguera y la monstruosidad de Hipólito lo salvan de la contaminación total; mi cáncer uterino, o sea, mi degradación física abre la puerta a mi redención espiritual. Como buen moralista reaccionario, no deja de pensar que todo cuerpo bello no puede ser sino potencial fuente de pecado, más todavía si el cuerpo es de una mujer. Su novela proyecta una visión negativa sobre las consecuencias del progreso capitalista, pero a la vez salva al capitalismo al admitir que siempre es posible la redención personal. No cuestiona, usted, las estructuras sociopolíticas de fondo; sólo el efecto visible de la degradación personal (sexualidad bestial, el hábito de la rapiña, el deterioro del cuerpo, el deterioro de la mente).
Tuve la oportunidad de cambiar de vida con el Jarameño. Fue un ensayo fracasado, una vida honesta que me aburría, según mi autor. ¿Seduje a Ripoll sólo por aburrimiento, por tedio? "Santa traicionó al Jarameño, entregándose cínicamente a Ripoll, que, en un principio, se opuso"(201). Otra vez soy la Eva pecadora que arrastra a Adán a comer del fruto prohibido. Pero bien puede que tenga razón, Sr. Gamboa; el ejercicio de la prostitución me volvió cínica, internalicé el vicio, me malié hasta la raíz. ¿Pero qué es eso de que los temperamentos femeninos están sujetos a "una voluptuosa atracción por el peligro", "a la curiosidad enfermiza de desafiar la muerte"(201)? Una explicación que lo tranquiliza pero que no resiste el menor análisis serio: otro esterotipo construido por Ud. basado en el supuesto de que existe una esencia fija de lo femenino. No fui feliz con el Jarameño; no fui feliz en el mundo. Extranjera en todas partes, como Mersault, ese inolvidable personaje de Camus, vagué de tumbo en tumbo. Pero no quiero piedad, no quiero limosnas de cariños; comprendan mi mundo en sus intrincadas relaciones de poder ¡Cuidado con reducirlo todo a un simple problema moral individual!
El hecho es que Ud. habló del vicio, habló de la corrupción de la justicia (las cosas no han cambiado mucho desde entonces en México, según informaciones que me llegan) y exhibió, con moralismo, el lado oscuro de la ciudad. Bien por su reformismo moral, bien por por sus propias tensiones ideológicas al intentar compatibilizar su catolicismo con el porfirismo y con el naturalismo y con moralismo reformista. Soy la Gran Prostituta bíblica que usted construye para proponer una radiografía social del México de 1900. Reafirma la nacionalidad al hurgar en el vicio de la metrópolis pero reconozco que también la problematiza: españoles exiliados, mexicanos concupiscientes. La primera noche en lo de Pepa la pasé con el gobernador borracho como una cuba. Narra, Ud, la nación no para hacer precisamente una apología del patrioterismo (y en eso lo celebro). Pero su contradicción, querido autor mío, es que hurga en el lado oscuro de la luna para narrar una caída y posterior redención espiritual que dejan incólumes los fundamentos del sistema. Lo folletinesco, siempre lo folletinesco.
Con todo, debo reconocer que si tuve algún momento de felicidad fue al final con Hipólito, muriéndome yo carcomida por el cáncer. Soy santa, me tengo piedad de mí misma, me emociono con mi muerte, lloro por una limosna de cariño. Soy lo que tú, lector sentimental, quieres que sea: la heroína desgraciada, la pobre muchacha campesina tragada por la ciudad. Soy la concupisciente feroz; disfruté bestialmente en la cama. Morí hecha una piltrafa. Reza, lector, por mí una oración y, si puedes, derrama una lágrima sobre la tierra silenciosa.

Atentamente y a su servicio

Santa